Romance
14 to 20 years old
500 to 1000 words
Spanish
Story Content
El aire de Buenos Aires era diferente al de su México natal. Marcos, con sus 18 años recién cumplidos, sintió un vuelco en el estómago al salir del aeropuerto de Ezeiza. A su lado, Candy, su hermana melliza, no paraba de tomar fotos con su celular. “Que emoción,” dijo Candy, con su marcado acento mexicano. Marcos solo sonrió, algo nervioso. Empezaba una nueva vida en Argentina, lejos de la tierra que lo vio crecer, pero cerca de su padre, a quien no veía desde hacía años.
Su padre los esperaba con un auto destartalado pero lleno de cariño. El trayecto hasta su nuevo hogar, un pequeño departamento en el barrio de Palermo, estuvo lleno de preguntas y respuestas a medias. Marcos y Candy intentaban adaptarse a los modismos argentinos, al “vos” y al “che”, mientras su padre, con su acento argentino pronunciado, intentaba descifrar el dejo norteño de los hermanos.
El primer día de clases en la escuela de arte fue un caos. Marcos, buscando desesperadamente el salón de Introducción a la Pintura, chocó con un grupo de chicos que parecían sacados de una banda de rock. Uno de ellos, alto, de piel blanca y ojos negros penetrantes, lo miró con intensidad. Era Iván, el guitarrista. Marcos sintió que sus mejillas se encendían. Iván y sus amigos tienen un marcado acento argentino.
“Que onda, wey?”, exclamó Marcos al caer al suelo, regando sus materiales de dibujo. Candy se burlo “¡Ay, Marcos, que no se te note lo mexicano!”
Iván extendió una mano para ayudarlo a levantarse. Sus dedos rozaron la piel de Marcos, y una corriente eléctrica recorrió su cuerpo. Sus miradas se cruzaron por un instante que pareció eterno. Los ojos oscuros de Iván brillaban con una intensidad que desarmó a Marcos. En sus labios se formó una sonrisa juguetona. “¿Todo bien, che? Sos nuevo por acá, ¿no?”
Marcos, sonrojado hasta las orejas, asintió torpemente. “Sí, soy Marcos. Vengo de… de México”.
Iván sonrió aún más. “Bienvenido, Marcos. Yo soy Iván. Y ellos son Lola, Bruno y Matías”. Señaló a los demás miembros de la banda. Lola, con su pelo rosa y su eterna sonrisa, le guiñó un ojo. Bruno, el bajista, le estrechó la mano con entusiasmo. Matías, el baterista, asintió con la cabeza, con su característica seriedad.
Los días siguientes se convirtieron en una sucesión de encuentros y desencuentros entre Marcos e Iván. En las clases de pintura, las manos de ambos “accidentalmente” se rozaban al intentar alcanzar un pincel. Durante los ensayos de la banda, Iván lo miraba fijamente mientras tocaba la guitarra, provocando que Marcos perdiera la concentración y cometiera errores en sus dibujos. Las miradas intensas de Iván lo hacían sentir un manojo de nervios.
Una tarde, después de una larga clase de acuarela, Marcos se encontró con Iván en el pasillo. “Che, Marcos”, lo llamó Iván. “¿Te puedo hacer una pregunta?”
Marcos asintió, tragando saliva. Su corazón latía a mil por hora.
“¿Te gusta la música?” preguntó Iván, con una sonrisa enigmática.
“Sí, claro”, respondió Marcos, intentando mantener la calma. “Me gusta mucho el rock. Y también el skate… ¿y Spiderman?”.
Iván se acercó un poco más, acortando la distancia entre ellos. “¿Y qué te parece si venís a vernos ensayar alguna vez?”.
Marcos sintió que el aire le faltaba. “Me encantaría”.
Candy, que observaba la escena desde la distancia, no pudo evitar soltar una risita. Se acercó a su hermano y le susurró al oído: “¡Ay, Marcos, parece que a alguien le gustaste mucho!”
La noche del ensayo, Marcos estaba más nervioso de lo habitual. Iván lo había invitado personalmente, y no quería arruinarlo. Al llegar al local, un pequeño sótano con olor a pintura y amplificadores, fue recibido por toda la banda. Lola le ofreció una cerveza, Bruno le contó un chiste sobre un baterista y Matías… bueno, Matías solo asintió con la cabeza, pero Marcos pudo ver una leve sonrisa en su rostro.
Cuando Iván tomó la guitarra, el ambiente cambió. Sus dedos se movían con destreza sobre las cuerdas, creando melodías que transportaban a Marcos a otro mundo. Durante un solo especialmente intenso, Iván se acercó a Marcos, tocando la guitarra casi sobre su cuerpo. Sus ojos brillaban con pasión, y su respiración se entrecortaba. Al finalizar la canción, Iván se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Marcos sintió que se derretía. Sus mejillas ardían.
En otra ocasión, en medio de una clase de retrato, Marcos estaba tan concentrado mirando a Iván que accidentalmente derramó un bote de pintura roja sobre su camisa. “¡Uy, perdón!”, exclamó, mortificado. Iván sonrió y se quitó la camisa, revelando un abdomen plano y tatuado. Marcos se quedó boquiabierto. “No te preocupes”, dijo Iván, con una mirada picara. “Ahora tenemos algo en común: ambos estamos marcados”.
Una tarde, después de una discusión tonta sobre si el mejor superhéroe era Spiderman o Batman, Iván tomó a Marcos por sorpresa y lo besó. Fue un beso corto, dulce e inesperado, que dejó a Marcos temblando. Iván lo miró a los ojos y sonrió. “Tenías razón”, dijo. “Spiderman es genial. Pero creo que me gusta más besarte a ti”.
La relación entre Marcos e Iván era una montaña rusa de emociones. Risas, coqueteos, miradas intensas y besos robados. Candy observaba todo con una sonrisa cómplice, siempre lista para hacer un comentario ingenioso o burlarse de la torpeza de su hermano. Pero detrás de todo ese juego, había algo más profundo: una conexión genuina que los unía. Un acorde perfecto entre un mexicano tímido y un argentino audaz.
Una noche, después de un recital de la banda, Iván llevó a Marcos a un parque cercano. Se sentaron bajo un árbol, mirando las estrellas. Iván tomó la mano de Marcos y entrelazó sus dedos. “Sabes, Marcos”, dijo Iván, con la voz suave. “Desde que te vi en la escuela, supe que eras especial”.
Marcos sonrió. “Tú también eres especial, Iván”.
Iván se acercó y lo besó con ternura. Un beso que duró más que todos los anteriores. Un beso que transmitió todos los sentimientos que ambos guardaban en su interior. Un beso que selló el comienzo de una historia de amor entre un mexicano sonrojado y un argentino enamorado.
Y mientras se besaban bajo las estrellas, Candy observaba desde lejos, sacudiendo la cabeza y sonriendo. “Estos dos…”, pensó. “Van a ser el desmadre…”